Aquella noche me encontré en una
cama de sabanas blancas, en una habitación oscura iluminada solo por la luz de
la luna. Su nombre flotaba por todas partes, como si fuese lo que respiraba.
Veía esos ojos grises por todos lados, y esa sonrisa… su olor. Era un estado
perfecto.
Fue deseable, fue dulce, fue fantástico
e irreal… Pero algo tan bello no podía durar para siempre. Tenía que despertar.
Y cuando lo hacía sabia que todo había sido un sueño, los ojos de todas las
noches. Los mismos ojos que me llevan acompañando toda mi vida.
Esos labios, esa sonrisa, esos
ojos… su nombre, su olor… nada era real. Me aparté las sabanas de encima y me
senté en el borde de la cama. Entonces me entristecí. El hombre de mi vida era
producto de mi imaginación.
-“No, no puede ser”-me dije a mi
misma esa mañana.-“Yo estaba allí, tocando sus manos. Ese chico debe existir,
debe de estar en alguna parte. Llevo toda la vida soñando con él.”- sabía que
lo que hacía era una tontería y que todo era cosas de sueños y que en sueños se
quedaban, atrapados en mi cabeza como simples recuerdos.
De repente una voz me llamó desde
la planta baja de la casa y me hizo volver a la realidad:
- ¡Cariño, el desayuno!-gritó mi
madre desde la cocina.
Tanto pensar se me había olvidado que estaba hambrienta de
que era mi primer día de instituto y que como no me diera prisa acabaría
llegando tarde.
-¡Ya voy, mamá!
Me vestí rápidamente unos vaqueros
cortos y una blusa blanca, me hice una larga trenza de espiga a un lado y salí
corriendo hacia la cocina.
Me senté y me unté la mantequilla
en la tostada recién hecha. Luego me bebí el zumo, bebo zumo porque odio la
leche. Besé a mi madre en la mejilla.
-Que vaya bien el primer día.-me
deseó mientras ella bebía su café.
Cogí la mochila de encima de la
butaca del salón y salí de casa. Bajé las escaleras del porche y me dirigí a mi
moto. Me coloqué el casco con cuidado para no pellizcarme el cuello. Subí, la
puse en marcha y arranqué.
Hacia un buen día de todavía verano.
El sol brillaba con todo su esplendor, el cielo permanecía azul, la brisa del
mar me agitaba la blusa. Mi casa quedaba bastante lejos del instituto, ya que
vivía a las afueras. Me adentré al centro de la ciudad y me pareció de los más
bonita aquella mañana. No había tenido mucho tiempo para descubrirla, pues me
había mudado allí hacia cinco días y había estado ocupada con las mudanzas y
las cosas del instituto.
Luego la ciudad dejó de existir
para mí. Pensaba en el chico de mis sueños, en su sonrisa perfecta, en sus
finos labios, en sus ojos grises, sus enormes manos y de pronto un sonido
agudo, un golpe en la cabeza y todo se volvió borroso hasta fundirse en blanco.
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